Jose Ángel González – Blog

un cable transmisor

Posts Tagged ‘fotografía

más perros que libros

leave a comment »

Ocho veces más gasto en mascotas que en libros.

[Para Distrito Latino]

Written by Jose Ángel González

14 de abril de 2013 at 17:33

ojos cerrados

with 2 comments

Untitled-10okokok

Una chaqueta con hombreras, pantalón de leopardo, un tatuaje en el pecho y, sin embargo, escuchaba música cerrando los ojos.

Written by Jose Ángel González

14 de abril de 2013 at 0:23

marca

leave a comment »

Untitled-19ok02ok

de ti conservo un rasguño, la marca palpitante de los dientes
quizá un dolor de piano, quizá una viga noble lustrada con la cera de una súplica
de ti conservo el nudo, la tranca

de ti nace el envoltorio (porque he fumado demasiado un telón me disimula)
quizá tu camiseta roja y comercial, quizá el sabor a galleta del prohibido rincón
de ti nace la coda, el desenlace

de ti parten las naves, los fardos para el viaje
de ti mantengo lo que está faltando en todo esto

Written by Jose Ángel González

9 de abril de 2013 at 14:13

homeless

leave a comment »

Hace días que no pongo fotos aquí: poco tiempo, demasiado trabajo, el catarro, los mareos, la paralizante melancolía de la incertidumbre —por otra parte necesaria para seguir despierto y no creerme alguien con derecho al pontificado cardenalicio que tanto se lleva en este tiempo de yoísmo—…

Este par de fotos-Holga son del sábado. Dos homeless. El de la silla de ruedas, frente al Fillmore West, el templo donde un hijo predilecto de la ciudad, el avaro Bill Graham, que despreciaba a los hippies en privado (“huelen mal, no saben tocar”), se hacía de oro en público con las recaudaciones de los conciertos de Janis Joplin, Quicksilver Messenger Service, Grateful Dead y Jimi Hendrix, a quienes había convencido de que los conciertos gratuitos en el parque eran “para aficionados”…

Acabo de leer en un semanario local que los sin hogar de San Francisco, un nicho con una mínima protección administrativa, tienen una edad media de 55 años y una esperanza de vida de 64. Casi todos llegaron a la ciudad tras los drásticos recortes de ayudas sociales de Reagan.

Written by Jose Ángel González

8 de abril de 2013 at 0:03

31% de inclinación

leave a comment »

Ciudad embarrancada, atrapada por desniveles y abrazada a colinas, San Francisco hace gala de escaleras como una damita de relicarios.

Las Filbert Steps (31% de inclinación, las más extremas del hemisferio occidental) son hermosas: bajan, atrevidas, por una pendiente vertiginosa y dan acceso a equilibradas casas de madera aisladas, sometidas con placentera desidia a la caprichosa orografía.

Written by Jose Ángel González

28 de marzo de 2013 at 13:12

cuervo

with 2 comments

Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;
y le dije: «Aunque la cresta calva llevas, de seguro
 no eres cuervo nocturnal,
viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla…
 Díme:—«¿Cuál tu nombre, cuál
en el reino plutoniano de la noche y de la niebla?…»
Edgar Allan Poe

Uno de los fotógrafos que me conmueve con mayor intensidad es Masahisa Fukase, que se dedicó a un solo motivo, los cuervos, tras el divorcio inesperado de Yoko, la mujer que había sido su musa durante 13 años. Estaban unidos “desde el placer más profundo hasta el deseo del suicidio y la destrucción”, según palabras de ella.

Hay muchos cuervos en San Francisco, especialmente en nuestro barrio, que prefieren, según sospecho, por la intrepidez de la niebla, la cercanía del océano y la abundancia de cables y postes de tendidos electricos, ese puzzle de materia zumbadora que invita a dejarse contagiar por la estática.

No tengo la dotes del gran y dolorido Fukase, pero, por un movimiento de infantil imitación que no me importa admitir, he intentado retratar a cuervos. Casi nunca lo he conseguido: son elegantes, lejanos, contrarios a los juegos de sociedad de otras especies de pájaros más tontas, más humanas.

La semana pasada, en la luz tenue del atardecer, encontramos frente a casa, sobre el pavimento de la 7th Avenue, al cuervo al que ya traje al blog en una entrada reciente. Sospechamos que estaba herido: no se alejaba ni alzaba el vuelo y emitía un graznido largo y desacostumbrado.

Logré hacerle tres fotos con la Holga, una cámara poco dada a los momentos decisivos pero amiga de los milagros.

Tras regresar del paseo, el cuervo seguía allí, encaramado en un arbolillo. Ya no llamaba lastimeramente. En el patio del colegio, a escasos metros, estaba su pareja. El cuervo, como cualquiera, como nosotros, reclamaba presencia desde el placer más profundo del miedo.

Written by Jose Ángel González

27 de marzo de 2013 at 11:24

cien fotos con la cámara de un tullido

leave a comment »

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Sólo de algunos puedo dar razón: la yonqui tras el perro (“no quiero que se vean mis dientes”), la soledad cotidiana del jorobado en el parquecillo frente al Congreso, el asco de la dama londinense hacia la pareja melosa (“algunos se meten la lengua hasta la garganta”), la bella madre soltera postadolescente, la extravagante mujer del galgo que no tardaría en sufrir un brote psicótico…

Como he contado varias veces la historia, acaso no sea una jactancia referirla de nuevo. Pese a que, según sostiene cierto tipo de sabiduría popular basada en fábulas centroeuropeas y refrendada por la cultura de la televisión e Internet, aquello que mencionamos con insistencia acaba siendo tomado por un embuste, he alcanzado edad suficiente para merecer, dado que no un salario digno para mis últimos años laborales o una posibilidad de vagar por el mundo con humildad, sí al menos el derecho al recurso del retorno.

El medio centenar de fotos de la galería que abre la entrada y las otras cincuenta que la cierran son de entre 2006 y 2008, años de mi apagón emocional. Estuve de baja médica casi dos años, diagnosticado como víctima de una crisis de ansiedad depresiva: ataques de pánico y vértigo, mareo constante, náuseas y una uña-caterpillar cavando una zanja en mi pecho.

Poco antes de caer enfermo había comprado mi primera cámara digital réflex, una Canon 350D. Nunca renegaré de la cámara pese a que algunos esnobs que hacen fotografía filtrada con Photoshop la menospreciaban (“es una cámara para tullidos”). La adquirí c0n el objetivo de fábrica, un pobre zoom de 18-55 mm y luminosidad escasa. Con esa distancia focal no era posible robar fotos: tenías que acercarte hasta oler el sudor de los retratados.

Conservaba una intensa querencia por la fotografía. Había aprendido a revelar y moverme en el cuarto oscuro cuando cuando tenía 18 años y, desde mucho antes, tenía una cámara de 135 mm, pero sólo hacía fotos domésticas y ni en sueños podía imaginarme retratando al azar y por impulsos momentáneos, irreverentes, curativos, dedicarme a fotografiar al azar en las calles.

Quizá la tristeza jugó un papel determinante en la decisión, por lo demás bastante irreflexiva, de lanzarme a las calles cada día, en sesiones de mañana y tarde, y hacer fotos en busca de un desesperado bálsamo contra el dolor. Quizá fue el exceso de tiempo libre del que disponía, quizá la certeza de que ya no podía escribir porque las palabras, que en otras crisis anteriores me habían ayudado más que las pastillas, se habían desvanecido, quizá simplemente la voracidad digital me ayudó en el empeño…

¿Me ayudaron los retratos de aquella temporada —debo reterme para no acudir al rimbaudiano y pedante añadido de en el infierno (infernal es la vida, debe serlo por imperativo moral)—? ¿Fueron una senda de curación, el movimiento desesperado de buscar reflectantes —aquí llega Arturito de nuevo: “yo soy otro”— para convencerme de que la caterpillar no siguiese hollando mi corazón?

No soy capaz de responder, no creo que pueda salir nunca del rebufo de aliento de lobo de la angustia: sé que caeré y volveré a levantarme. Este ballet es largo y las caterpillar son mecanismos construidos para la permanencia.

La Canon 350D murió en mis manos, la quise tanto que le quemé el procesador, agotado de tanto disparo. Ahora reposa en un guarmuebles del extrarradio fatigado de Madrid. Algún día regresaré a por ella, intentaré repararla, notaré su delicada adaptación, femenina y ligera, a mis manos pequeñas…

Sólo de algunos de estos cien retratos —seleccionados sin demasiada precisión, sin interés plástico, con la exclusiva guía del calendario y de los que opino, sin embargo, que están entre mis mejores fotos a pesar de que no respetan el canon del purismo: reencuadrados, transformados en square, retocados…— puedo dar razón: el borracho sonriente, el neonazi, la muchacha punk, los muchos ancianos…

Mis otros, mis hermanos.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Written by Jose Ángel González

26 de marzo de 2013 at 11:00

let’s dance

with 2 comments

Las enfermedades no se interesan
por los que tienen ganas de morir
Lawrence Durrell

si es cierto que los dioses sufren por su obligado ocultarse
mostrémonos en el regocijo de tu vestido viejo

si es cierto que la creación existe como una boca hambrienta
nos queda la taberna de la infinita noche

si es cierto que la tierra brota como faena perpetua
trabajaré en las ceremonias de la eucaristía

si es cierto que el tiempo viene dictado por soles y sombras
huyamos
evaporados en la música

[Son en ocasiones las aceras las únicas profecías. El cuervo frecuenta la de mi block]

Written by Jose Ángel González

25 de marzo de 2013 at 1:28

tiza negra

leave a comment »

Untitled-13ok-01ok

maneja tiza negra, rechaza la desinfección
consagra los dedos con fango

enlázate desesperada a mis piernas
los ojos cerrados mientras las olas baten

dame la dirección y el abanico
no me permitas dormir

renueva el compromiso de la carne
organiza una fiesta de espuma

colmaré el hueco de tus manos
con el calor del fósforo

mécete en este columpio
mientras las olas baten
como tambores reclamando guerra

Written by Jose Ángel González

23 de marzo de 2013 at 11:53

Publicado en cansancios

Tagged with , , , , ,

benarés

leave a comment »

En la vieja ciudad de Benarés, mientras los niños aprenden a dibujar fantasmas en los altares, caminaremos hacia el río protegidos por los andamios. El polvo de las obras teñirá de ladrillo el atardecer.

En la vieja ciudad de Benarés, llevaremos las agendas hacia el agua, este bautismo merece papel, y dejaremos que caigan como una tormenta. Tal vez decidas mostrarme los dibujos de caracoles que escondes en el antebrazo. Tal vez sea el momento.

En la vieja ciudad de Benarés, donde las columnas tienen cadencia de cuerpos, dilapidaremos el mandato de los relojes, contratando tiempo extra para nada, pagando al contado por mercancia inservible. Me gustan las novelas de intriga. Cuanto más baratas, mejor.

En la vieja ciudad de Benarés, donde las mentiras son de casta intocable, visten de blanco, parecen dignas.

Written by Jose Ángel González

23 de marzo de 2013 at 11:49