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Narciso Cosgaya

Narciso Cosgaya

Al boom entré por Rayuela  y me abrió la puerta un cura.

Sucedió en el curso escolar de 1972, hace 40 años, diez después de que, según han establecido los cartógrafos literarios, naciese el boom en el año del deslumbramiento de 1962 del que ahora celebran medio siglo con la habitual pirotécnia dedicada a las domesticaciones, y nueve años después de la primera edición del libro de Julio Cortázar que me puso en las manos un cura y que, casi logro recitarlo sin más ayuda que la memoria, empieza así:

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

El cura era Narciso Cosgaya, mi profesor de Literatura en el Colegio Santo Tomás de Aquino de Caracas: un tipo de corta estatura, ojos claros y pelo rubio que fue de los primeros dominicos del centro, del que también era director por entonces, en atreverse a vestir con el polémico traje clergyman sin sotana de los curas modernos y que, unos años después, cuando yo estaba lejos, perdiendo el tiempo y fumando hachís (ambas acciones suelen ser sinónimas) en la universidad madrileña, colgó los hábitos para casarse y obtuvo un magister en Literatura Latinoamericana Contemporánea con una tesis cuyo título predice un contenido profundamente aburrido: La lírica de Octavio Paz a la luz de los criterios estéticos de Rugo Friedrich.

¿Qué me hizo el boom? Sobre todo entender que no existía tal cosa, que César Vallejo, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, Adolfo Bioy Casres y Jorge Luis Borges —sobre todo Borges— ya eran boom antes del boom, que lo nuevo venía de atrás, que estaba enterrado en espera de manos, pero debo reconocer que la decisión del cura al encargame un trabajo sobre Rayuela como única exigencia para la nota final del curso me soltó en un terreno que exploré con gozo durante los años siguientes, yendo hacia el pasado y quedándome en el presente, que es la única estrategia válida para proyectarse hacia el futuro.

Era así, la armonía duraba increíblemente, no había palabras para contestar a la bondad de esos dos ahí abajo, mirándolo y hablándole desde la rayuela, porque Talita estaba parada sin darse cuenta en la casilla tres, y Traveler tenía un pie metido en la seis, de manera que lo único que él podía hacer era mover un poco la mano derecha en un saludo tímido y quedarse mirando a la Maga, a Manú, diciéndose que al fin y al cabo algún encuentro había, aunque no pudiera durar más que ese instante terriblemente dulce en el que lo mejor sin lugar a dudas hubiera sido inclinarse apenas hacia fuera y dejarse ir, paf se acabó.

A las selvas de los altares, los balcones y los tigres debes entrar de la mano de alguien con traje talar. A veces, porque la humedad de las selvas es intensa, es admisible también un clergyman.

Rayuela [PDF, 1,02 MB]

Post scríptum: he posteado una entrada en el blog Trasdós sobre obras injustamente menores del boom.

Written by Jose Ángel González

13 de noviembre de 2012 a 11:35

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